Las características particulares de este ambiente serrano, dentro del panorama semiárido que nos rodea, determinaron una recurrente ocupación humana de estas sierras a lo largo de milenios. El macizo serrano fue habitado por los tehuelches septentrionales (Günün a Këna en su lengua) y sus predecesores. Estos cazadores y recolectores medraron sobre buena parte de la llanura pampeana entre el 6.500 AP (antes del presente) y los tiempos de la conquista, cuando se fundieron en el crisol araucano. Ellos también prefirieron estas sierras, como zona de reaprovisionamiento en sus desplazamientos entre la Cordillera y la Provincia de Buenos Aires, dada la existencia de pastizales y de las condiciones para obtener agua y una fuente inagotable de recursos: semillas y frutos de Caldén y el Chañar, tropillas de guanacos, choiques y piches; rocas para producir herramientas, pigmentos minerales para pintar y paredones o aleros donde expresar sus vivencias. Lihué Calel no sólo fue para ellos un ubérrimo territorio de caza. Lo consideraban un lugar poderoso, cargado de espiritualidad, como sugiere el chenque o enterratorio encontrado al pie de las serranías.
Hacia el final de la Campaña al Desierto, el valle principal fue asiento de las tolderías del Cacique Namuncurá, en vísperas de su rendición.
Por el año 1893, ya vivían en las sierras ocho pobladores que se dedicaban a la cría de vacunos y ovejas y al cultivo de cereales, legumbres y hortalizas. Con el tiempo, se desarrolló la explotación de 18 minas de cobre por dos chilenos de nombres Sepúlveda y Bobadilla, por lo cual el área fue conocida como “El Mineral”.
Finalmente el área que ocupa actualmente el Parque formó parte de la estancia Santa María, propiedad de la familia de Luis Gallardo, hasta 1964, año en que el gobierno de la provincia de La Pampa la expropió para su explotación turística. Posteriormente, el gobierno provincial la donó a la Administración de Parques Nacionales, a fin de crear un área natural protegida.
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